sábado, 23 de enero de 2010

Calma di San Miniato al Monte

A veces es necesario alejarse de lo que nos rodea para pensar con claridad; tomar distancia y ver las cosas desde otros ángulos. A veces, lo más sensato es subir al punto más alto, donde no hallan fronteras que frenen nuestra visión. Es por eso que hoy me encuentro en la Basílica de San Miniato al Monte, la iglesia más antigua y deliciosa de Florencia, que se alza en uno de los lugares más elevados de la ciudad. El ascenso por caminos sinuosos y senderos de piedra van a parar a este privilegiado lugar, uno de los mejores ejemplos del románico en toda la Toscana. Desde allí se pueden apreciar los tejados rojizos de la ciudad, coronados por la serena cúpula de Brunelleschi. La luz anaranjada del atardecer que se esconde por las colinas dota de un color especial a la extensión de la campiña toscana, situada a la izquierda, adornada por huertos en flor y olivares. El cementerio, donde se encuentra enterrado Carlo Collodi, el autor de Pinocho, inunda la explanada de una calma que aturde.
La geométrica fachada de mármol blanco y verde construida en 1090 parece vigilar desde arriba la ciudad. El águila que corona la entrada principal era el símbolo de la corporación de mercaderes de lana (Arte di Camala) que financió la iglesia y se encargó de su mantenimiento hasta 1288. Lo que actualmente se puede ver pertenece a la reforma de Brunelleschi, el cual mantiene la identidad medieval toscana en su obra. Su interior, oscuro y misterioso, guarda mosaicos de estilo bizantino, suelos enlosados con bellos dibujos, frescos de Agnolo Gaddi, esculturas de terracota de Luca della Robbia y una capilla independiente de Michelozzo. Lo que más llama la atención de la basílica son sus tres plantas que crean un juego geométrico perfecto. Pero lo que la convierte definitivamente en un lugar mágico es el canto gregoriano de los monjes que emerge desde la cripta cada día a partir de las 16:30. Resulta maravilloso ir descubriendo sus secretos, sus formas y sus símbolos bajo el canto grave de los monjes.
A la salida, bajo la oscuridad temprana del invierno, me espera Florencia iluminada. La calma está aún más calmada. Y la noche ha borrado todas las fronteras. A veces es necesario subir al punto más alto.

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