Cinco y media de la mañana. La oscuridad y el gélido aire de madrugada bañan las calles florentinas. Algunos jóvenes, aun borrachos, regresan a sus casas después de una larga noche de fiesta, cantando y gritando, como queriendo evitar el nuevo día. Mientras, los madrugadores mercaderes del Mercato de San Lorenzo acarrean sus carros, que en unas horas se convertirán en vistosos puestos repletos de artesanía clásica florentina, pieles y otro tipo de productos. Acuden puntuales todos los días a su cita con la ciudad, ya que su supervivencia depende de eso.A partir de las nueve y media de la mañana los alrededores de la Basílica di San Lorenzo y del Mercato Centrale se convierten en uno de los puntos comerciales más importantes de la ciudad, donde turistas y comerciantes regatean por conseguir el mejor precio. A gritos de ‘Ciao, bella!’, ‘Buon giorno!’ o ‘Sconto per te’ intentan atraer la atención de los visitantes, que aturdidos por el bullicio se dejan cautivar por todo tipo de souvenirs, a menudo de dudosa calidad. Exprimen hasta la última gota de todo aquello que tiene que ver con Florencia y lo convierten en productos; desde llaveros de Pinocho hasta calzoncillos con la imagen estampada de la entrepierna de David.
Después de una larga jornada laboral, a partir de las siete y media los maestros del regateo empiezan a guardar sus mercancías. El día ha acabado y los carros se vuelven lentamente a sus almacenes.
Las calles de San Lorenzo quedan otra vez vacías y silenciosas.
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